EL TOP LES DIARIO DEL INFORMATIVO
Tito Ortiz.-
En esa carrera silente, sin prisa, pero sin pausa, que la televisión privada en éste país, lleva por destruir los géneros periodísticos, y convertir los programas en general, en unos cajones de sastre donde todo quepa, como un cúmulo de variedades arrevistadas, en el que poco importa la ética o el código deontológico. En esta guerra de las televisiones privadas por la audiencia, por muy honorable que sea el periodista jefe de informativos, se abre paso con diligencia, prestancia y destreza, el abominable “todo vale”, sin respetar reglas elementales nunca escritas de la profesión periodística, o dando puntapiés a libros de estilo, recomendaciones de compañeros/as ponentes en congresos profesionales, o simplemente, a lo aprendido en la facultad, que se supone nos habilita para trabajar en ésta profesión, cada vez más difusa, que admite con horrorosa pasividad, el intrusismo de autoproclamados “periodistas”, que a diario nos remueven las tripas y las conciencias, entre belenes y campanarios.
Gracias a los/as periodistas de los medios públicos, - y otras honrosas excepciones - la profesión de informar no se ha convertido ya en una ramera sin esquina, pero con Internet, donde hacer cada uno de su capa un sayo, y defender hoy una idea, y mañana la contraria, sin que se le caiga la cara de vergüenza. Todo lo contrario, cobran por ello y cifras millonarias, pues casi me da un síncope, el día que me enteré que la llamada “princesa del pueblo”, gana más en la tele de “las mama chicho”, que el mismísimo presidente del gobierno. Cuando semejante disparate se permite en éste país, es que algo va mal, bueno yo diría que rematadamente mal. Cada vez que uno de éstos descerebrados expulsados de “Gran Hermano”, se autoproclama en un plató “periodista”, me dan ganas de quemar el carnet de la Federación de Asociaciones de La Prensa de España, y dedicarme a la venta ambulante de enciclopedias impresas en papel de unos cincuenta tomos, que me parece algo con más futuro. Pero es peor observar, como aprovechándose del horario y credibilidad de los informativos públicos, basados en el trabajo bien hecho de muchos años, los informativos de telecinco y antena tres, compiten en zafiedad, incultura, sexismo, y todo en horario infantil. En los últimos tiempos, los editores de tan “competentes” informativos, no dudan en incluir señoras medio desnudas o del todo, junto con los atentados terroristas, o la última bronca en el Congreso, entre Zapatero y Rajoy. Cuesta trabajo creer como, un hasta ahora considerado compañero responsable, hablo de Pedro Piqueras, incluye en la edición que él mismo presenta, a la novia de Ronaldo durante varios días seguidos, por el sólo hecho de serlo, no porque sea noticia, sino porque la criatura es una modelo brasileña de 22 años, que desfila en top less, o de espaldas, desnuda que es más sugerente. Las componentes de un calendario de partes pudendas, o los clásicos bomberos de villaconejos, que desnudos y bajo sus mangueras, decoran los muertos en atentados islamistas del día, las revueltas en África, los fallecidos en accidentes de tráfico y el último crimen de violencia machista. Ésta es por lo visto, la última moda de unos informativos televisivos, que se van convirtiendo en una sección más de la crónica rosa, con tal de sumar audiencia, en un descarado y poco ético, “todo vale”. No lo hace mejor la jefa de informativos de Antena tres, Gloria Lomana, que salpica su edición también, con algunos senos desnudos de atractivas criaturas, tangas de moda, e insinuantes curvas, todo en pos de una flagrante frivolidad, manipulando el desnudo preferentemente femenino, como atractivo de unos informativos, que a veces son aburridos y poco trabajados.
Que un Urbaneja senil, abra campaña contra, Sara Carbonero, no deja de ser una anécdota. Triste, pero anécdota al fin y al cabo, pues todos los compañeros sabemos de ese gran talante por la igualdad, del que el vetusto periodista ha hecho gala siempre, amparando a Magis Iglesias, en masacrar una decisión adoptada por la asamblea soberana en Zaragoza, que la anterior presidenta de los periodistas españoles se pasó por las ingles. La actual, Elsa González, reacciona siempre tarde, pero como mujer, primero y presidenta de todos los periodistas españoles después, ya debería salir a la palestra, y poner orden en éste tutum revolutum, en el que las mujeres siguen siendo floreros para conseguir audiencia. A éste paso, terminaremos por desnudar a las presentadoras, prenda a prenda, conforme avancen las noticias, al más puro estilo país del Este, o estriptis de la sala Bagdad. Si el desecho social que representan los colaboradores y presentador de Sálvame, adquiere cada tarde la categoría de periodismo de actualidad, y los informativos de las dos cadenas privadas de mayor audiencia, incluyen en su edición habitual, señoras semidesnudas, o caballeros sin pelo en el pecho, por el sólo hecho de poner un pico de audiencia en sus medidores, en poco tiempo, va a ser más fácil encontrar una ganadería de reses bravas en Marte, que un/a periodista honesto/a y profesional, editando un informativo de televisión. Yo ya no sé si soy uno de los nuestros.
lunes, 21 de febrero de 2011
Ir a la oficina
IR A LA OFICINA
Tito Ortiz.-
Subió precipitadamente las escaleras, abrió la puerta y quitándose la gabardina gris perla casi blanca, estilo Colombo, gritó hasta el comedor:
¡Perdona Matilde, es que me he entretenido sin darme cuenta en la oficina!. Una voz femenina al otro lado del pasillo, farfulló algo ininteligible y le dijo que se calentara la cena.
Al día siguiente, como tocado por un resorte y coincidiendo con la hora del aperitivo, su voz con tono de sorpresa al recordar un olvido dijo:
¡ Matilde, no sabes como lo siento, pero tengo que ir urgentemente a la oficina, porque me he dejado encendido el calefactor de los pies!.
Matilde, sin oírlo, siguió viendo el único telediario en blanco y negro de, Pedro Maciá, más conocido entre las españolas de la época como “el telebombóm”, y ni siquiera contestó. Ella desconocía que “La Oficina” a la que se refería su marido, no era en la que trabajaba, sino, en la que bebía, pues se trataba de un muy acreditado bar, de original cocina – ahora se diría de autor- que regentado por una familia amabilísima, de hijos encantadores, pronto se vio truncada por el fallecimiento de la esposa, que había sido el alma máter de los fogones, con tapas tan originales como sus famosísimos “Cupidos”, que no eran más que unos filetitos de corazón de pollo, pinchados en un palillo de dientes y aliñados con las especias de los clásicos pinchitos morunos, que estaban para chuparse los dedos, y que nunca más he visto en otra taberna, a pesar que de esto hace ya cuarenta años.
La oficina se llenaba sobre todo, cuando cerraba “Calzados Salas”, que llegaba hasta la otra esquina de la calle, y que Francisco Reinoso, regentaba como eficiente encargado de don Eduardo. Era Reinoso Delegado del Colegio de Árbitros de Fútbol granadino, y la primera reunión de colegiados e informadores con su responsable, se llevaba a cabo en ésta peculiar oficina, en la que fichaban puntualmente trencillas como Montes Espigares, Olalla, Hernández Gómez, Girón Cuesta, Alba Tercedor, Ortega López y tantos inolvidables del arbitraje futbolero, que los Lunes, antes de entregar las actas del Domingo, comentaban, tanto el arbitraje del Granada en primera división, como espejo en el que había que mirarse, ante monstruos que venían a pitar a Los Cármenes, como Juan Gardeazábal, Guruceta, Franco Martínez, Ortiz de Mendíbil, o en los últimos años, una joven promesa llamada Merino González, que el tiempo se encargaría de difuminar. En la oficina se vivió el cambio de la amonestación verbal a la tarjeta amarilla, que primero fue blanca. Del vocinazo... ¡A la caseta a ducharte ! como expulsión, a la silenciosa tarjeta roja. Allí pasó la moda de la camisa blanca con el cuello por fuera y la chaquetilla negra con pantalón corto de sastre, al cómodo jersey de punto y los pantalones de deporte. De las botas cuya sujección consistía en tiras horizontales de material con puntillas en la suela, a la aparición de los tacos, del silbato de tren a los modernos pitos de bolita de corcho en el interior, hechos de plástico negro. En La Oficina, entre tinto Del Lugar y boquerones en vinagre, cambiamos la vieja maleta de madera para ir a arbitrar, por la moderna bolsa de deportes. Y al son de... tres con las que saques; o entre tres, siempre pido cinco, porque todo se pagaba por el perdedor a los chinos, se vivió en nuestra añorada oficina, la revolución y modernización del arbitraje español, a pesar de que nosotros seguíamos arbitrando sin fuerza pública, en Churriana, mientras con el partido empezado, “Caldereta” iba poniendo las redes y pintando el punto de penalti donde dios le daba a entender. En los Mondragones, sin redes y sin cal en las líneas, y sin jueces de las mismas, con lo que el fuera de banda o de fondo era una ruleta rusa. Del fuera de juego ni hablamos. En la Zubia con el lateral del campo en cuesta abajo y desnivel del 40 por ciento, y en el José Carmona, esperando que un alma caritativa trajera de la calle o del contiguo campo de siembra el balón, porque un voleón lo había sacado de las instalaciones, y no había más que ese para jugar. Reinoso, con la chaqueta abierta mostrando la corbata, y las manos aferradas a las solapas, escuchaba las batallitas de sus colegiados, ponía paz en los comentarios contradictorios, recordaba el reglamento de Escartín, y pronosticaba que el Domingo siguiente, Sánchez Cazorla saldría escoltado por la Guardia Civil del Campo de Olula, bajo una lluvia de cascotes de mármol, que es lo que se estila en aquella tierra, cuando un árbitro tiene, lo que tenía Vicente entre las piernas, y que no todos los que vestían de negro llevaban a los partidos. Al mismo tiempo, sin perder una palabra de la conversación, Pepito Peña, se jugaba la revancha con Orellana Nieto, yendo de mano, pidiendo tres y llevando blanca, Peña es un valiente, lo fue siempre. Y en la Oficina de la calle Bodegones, seguía corriendo la cerveza del tonel de madera, el tomate aliñado y las gambas a la gabardina. Si la cuenta era muy copiosa, se pagaba entre dos o tres, porque decía Cueto, que mejor tres heridos que un muerto. Ramón García el maestro de escuela, daba fe de todo y mandaba que llenaran sin perder comba. Aquella si que fue una oficina, y no lo que ahora se conoce como tal. ¡Oído cocina!... marchando una de chopitos plancha, que ha vuelto a perder a los chinos, Ortega López. Pepito, tres con las que saques.
Tito Ortiz.-
Subió precipitadamente las escaleras, abrió la puerta y quitándose la gabardina gris perla casi blanca, estilo Colombo, gritó hasta el comedor:
¡Perdona Matilde, es que me he entretenido sin darme cuenta en la oficina!. Una voz femenina al otro lado del pasillo, farfulló algo ininteligible y le dijo que se calentara la cena.
Al día siguiente, como tocado por un resorte y coincidiendo con la hora del aperitivo, su voz con tono de sorpresa al recordar un olvido dijo:
¡ Matilde, no sabes como lo siento, pero tengo que ir urgentemente a la oficina, porque me he dejado encendido el calefactor de los pies!.
Matilde, sin oírlo, siguió viendo el único telediario en blanco y negro de, Pedro Maciá, más conocido entre las españolas de la época como “el telebombóm”, y ni siquiera contestó. Ella desconocía que “La Oficina” a la que se refería su marido, no era en la que trabajaba, sino, en la que bebía, pues se trataba de un muy acreditado bar, de original cocina – ahora se diría de autor- que regentado por una familia amabilísima, de hijos encantadores, pronto se vio truncada por el fallecimiento de la esposa, que había sido el alma máter de los fogones, con tapas tan originales como sus famosísimos “Cupidos”, que no eran más que unos filetitos de corazón de pollo, pinchados en un palillo de dientes y aliñados con las especias de los clásicos pinchitos morunos, que estaban para chuparse los dedos, y que nunca más he visto en otra taberna, a pesar que de esto hace ya cuarenta años.
La oficina se llenaba sobre todo, cuando cerraba “Calzados Salas”, que llegaba hasta la otra esquina de la calle, y que Francisco Reinoso, regentaba como eficiente encargado de don Eduardo. Era Reinoso Delegado del Colegio de Árbitros de Fútbol granadino, y la primera reunión de colegiados e informadores con su responsable, se llevaba a cabo en ésta peculiar oficina, en la que fichaban puntualmente trencillas como Montes Espigares, Olalla, Hernández Gómez, Girón Cuesta, Alba Tercedor, Ortega López y tantos inolvidables del arbitraje futbolero, que los Lunes, antes de entregar las actas del Domingo, comentaban, tanto el arbitraje del Granada en primera división, como espejo en el que había que mirarse, ante monstruos que venían a pitar a Los Cármenes, como Juan Gardeazábal, Guruceta, Franco Martínez, Ortiz de Mendíbil, o en los últimos años, una joven promesa llamada Merino González, que el tiempo se encargaría de difuminar. En la oficina se vivió el cambio de la amonestación verbal a la tarjeta amarilla, que primero fue blanca. Del vocinazo... ¡A la caseta a ducharte ! como expulsión, a la silenciosa tarjeta roja. Allí pasó la moda de la camisa blanca con el cuello por fuera y la chaquetilla negra con pantalón corto de sastre, al cómodo jersey de punto y los pantalones de deporte. De las botas cuya sujección consistía en tiras horizontales de material con puntillas en la suela, a la aparición de los tacos, del silbato de tren a los modernos pitos de bolita de corcho en el interior, hechos de plástico negro. En La Oficina, entre tinto Del Lugar y boquerones en vinagre, cambiamos la vieja maleta de madera para ir a arbitrar, por la moderna bolsa de deportes. Y al son de... tres con las que saques; o entre tres, siempre pido cinco, porque todo se pagaba por el perdedor a los chinos, se vivió en nuestra añorada oficina, la revolución y modernización del arbitraje español, a pesar de que nosotros seguíamos arbitrando sin fuerza pública, en Churriana, mientras con el partido empezado, “Caldereta” iba poniendo las redes y pintando el punto de penalti donde dios le daba a entender. En los Mondragones, sin redes y sin cal en las líneas, y sin jueces de las mismas, con lo que el fuera de banda o de fondo era una ruleta rusa. Del fuera de juego ni hablamos. En la Zubia con el lateral del campo en cuesta abajo y desnivel del 40 por ciento, y en el José Carmona, esperando que un alma caritativa trajera de la calle o del contiguo campo de siembra el balón, porque un voleón lo había sacado de las instalaciones, y no había más que ese para jugar. Reinoso, con la chaqueta abierta mostrando la corbata, y las manos aferradas a las solapas, escuchaba las batallitas de sus colegiados, ponía paz en los comentarios contradictorios, recordaba el reglamento de Escartín, y pronosticaba que el Domingo siguiente, Sánchez Cazorla saldría escoltado por la Guardia Civil del Campo de Olula, bajo una lluvia de cascotes de mármol, que es lo que se estila en aquella tierra, cuando un árbitro tiene, lo que tenía Vicente entre las piernas, y que no todos los que vestían de negro llevaban a los partidos. Al mismo tiempo, sin perder una palabra de la conversación, Pepito Peña, se jugaba la revancha con Orellana Nieto, yendo de mano, pidiendo tres y llevando blanca, Peña es un valiente, lo fue siempre. Y en la Oficina de la calle Bodegones, seguía corriendo la cerveza del tonel de madera, el tomate aliñado y las gambas a la gabardina. Si la cuenta era muy copiosa, se pagaba entre dos o tres, porque decía Cueto, que mejor tres heridos que un muerto. Ramón García el maestro de escuela, daba fe de todo y mandaba que llenaran sin perder comba. Aquella si que fue una oficina, y no lo que ahora se conoce como tal. ¡Oído cocina!... marchando una de chopitos plancha, que ha vuelto a perder a los chinos, Ortega López. Pepito, tres con las que saques.
martes, 18 de enero de 2011
DE SAN PEDRO A SAN JOSÉ
DE SAN PEDRO A SAN JOSÉ
Tito Ortiz.-
Cuando menos nos demos cuenta estaremos en cuaresma, y en un soplo, será lunes santo. Pero éste se diferenciará del pasado, en que no tendrá a Enrique Morente cantando en el patio de Las Comendadoras de Santiago, una versión personal y sublime de la marcha “Amarguras” de Font de Anta, acompañado de toda su familia y amigos. El viejo convento de Las Comendadoras, abierto en vértice a la calle de Santiago, no podrá gozar de la creación libre y espontánea de un genio del flamenco de todos los tiempos, que metió como nadie los ayes jondos, entre las cinco líneas de los pentagramas más clásicos e ilustrados. Jamás volveremos a vivir- los que hemos tenido el privilegio de hacerlo- esas íntimas llamadas de los capataces a sus costaleros, en el kilómetro cero del granadino camino de Santiago, comprobando como llevan el compás de la saeta “morentiana”, el olivo trasplantado a la cañonera, desde la finca de Los Mora, o los borlos de las caídas del palio azul amargura. Los Morente Carbonell, cofrades de lujo de un barrio del Realejo, que los mima con cariño, son siempre generosos con las buenas gentes del Huerto de Los olivos, acogedoras y cariñosas, que desde el primer momento han sabido valorar en toda su magnitud, la entrega del inolvidable cantaor, su mujer e hijos, a ésta advocación a la que, no sólo han hecho donaciones importantes desde el más estricto anonimato, sino que en los últimos años, han entregado lo mejor de su creación artística, haciendo de los regresos al templo por la calle del apóstol mata moros, instantes irrepetibles, que sólo los elegidos han podido gozar en plenitud de los sentidos. Penitentes, costaleros y camareras de La Amargura, forman junto a Los Morente, una piña cofrade en abrazo de Hermandad, fuera de oportunismos, novelerías, o fotos para el papel couché. Lo suyo es una militancia cofrade sincera, nacida del corazón y siempre vivida fuera de los focos, dando una imagen ejemplarizante, de seres humanos sencillos, que viven su fe y amistad, en el círculo de sus afines, sin pretender trascendencia pública, de lo que es su inviolable intimidad humana.
La primera noche que escuché a Morente cantar una saeta, era muy avanzada la madrugada del Viernes Santo, y junto a unos amigos, nos habíamos apostado en el paredón que continúa a Los grifos de san José, frente a la Iglesia del campanario mudéjar, en el espacio que los albaycineros siempre hemos llamado, la Placeta de Doña Pura, porque allí estaba el colegio donde muchos de nosotros aprendimos las primeras letras en El Catón. Allí, como un ser cerúleo del otro mundo, en la penumbra de las estrellas apagadas, los lirios encendidos y los cuatro hachones humeantes de amarillenta y mortecina luz, unos aguerridos artilleros, de impecable uniforme caqui y acharoladas botas, horadaban la cuesta aproximándose con el Cristo del Silencio muerto hasta la puerta. En ese instante sobrecogedor, el golpe seco del martillo, paró el paso marcial de los portadores, y en su lugar firmes, el Cristo de La Misericordia y nosotros, escuchamos la saeta más hiriente de la historia, de la que no es ajeno Federico, en las cuerdas vocales de un Morente barbilampiño, que partió en dos el velo de la noche albaycinera, de san Pedro a san José, porque los saeteros están ciegos. Jamás ni vivos ni muertos podrá olvidar esos minutos de gloria, en los que todos soñamos en silencio, que estábamos en el paraíso, donde ahora junto a Él mora eternamente. Mi esperanza en que desde allí, le dicte a alguien cercano- tal vez a ¿una Estrella?- lo que de su arte tenía el maestro pensado ofrecer a La Virgen de su Amargura, el día mismo de su coronación canónica, y que un día desayunando solos en el hotel del Puerto de Cartagena, a la espera de su actuación estelar en La Unión por la tarde, me contó como proyecto de incalculable trascendencia, bajo secreto de amistad, pues en ese momento, como en tantos otros, no hablaban un maestro del cante con un periodista aficionado al arte andaluz, sino dos niños de La Calderería, que tantas cosas han compartido en la Cuesta de San Gregorio.
Hay sitios a los que desde que él no está, no he podido volver. Al Bar Provincias, mi antiguo piso de La Calle Concepción, al salón de Caballeros 24, donde inauguramos las actividades de la Cátedra de Flamencología de la Universidad de Granada, que nos encargó Juan José Ruiz Rico, a El Sota, Los Altramuces y La Esquinita. Todavía no he tenido el valor de enfrentarme a su tumba, y eso que está a dos pasos de mi otro admirado “Frasquito Yerbagüena”, tendré que cogerme del brazo de otro de sus amigos, mi hermano Falo, y en su compañía pasar el mal trago, del dolor intenso de su ausencia. Sé que mientras no vaya a su sepultura, puedo albergar la esperanza de que suene mí teléfono, o de vernos por el barrio a tomar un vino, aunque pasen meses y meses, o en La Alameda de Hércules sevillana, en aquella terraza de tantas madrugadas, riéndonos de las críticas de Manolo Martín, o diciéndole a Jesús Antonio Púlpón, en el Pub América del Loco de La Colina, que no volvería a representarlo. De eso ya están hablando los dos, en El Tablao de La Gloria, que un día monto otro albaycinero... Benítez Carrasco
Tito Ortiz.-
Cuando menos nos demos cuenta estaremos en cuaresma, y en un soplo, será lunes santo. Pero éste se diferenciará del pasado, en que no tendrá a Enrique Morente cantando en el patio de Las Comendadoras de Santiago, una versión personal y sublime de la marcha “Amarguras” de Font de Anta, acompañado de toda su familia y amigos. El viejo convento de Las Comendadoras, abierto en vértice a la calle de Santiago, no podrá gozar de la creación libre y espontánea de un genio del flamenco de todos los tiempos, que metió como nadie los ayes jondos, entre las cinco líneas de los pentagramas más clásicos e ilustrados. Jamás volveremos a vivir- los que hemos tenido el privilegio de hacerlo- esas íntimas llamadas de los capataces a sus costaleros, en el kilómetro cero del granadino camino de Santiago, comprobando como llevan el compás de la saeta “morentiana”, el olivo trasplantado a la cañonera, desde la finca de Los Mora, o los borlos de las caídas del palio azul amargura. Los Morente Carbonell, cofrades de lujo de un barrio del Realejo, que los mima con cariño, son siempre generosos con las buenas gentes del Huerto de Los olivos, acogedoras y cariñosas, que desde el primer momento han sabido valorar en toda su magnitud, la entrega del inolvidable cantaor, su mujer e hijos, a ésta advocación a la que, no sólo han hecho donaciones importantes desde el más estricto anonimato, sino que en los últimos años, han entregado lo mejor de su creación artística, haciendo de los regresos al templo por la calle del apóstol mata moros, instantes irrepetibles, que sólo los elegidos han podido gozar en plenitud de los sentidos. Penitentes, costaleros y camareras de La Amargura, forman junto a Los Morente, una piña cofrade en abrazo de Hermandad, fuera de oportunismos, novelerías, o fotos para el papel couché. Lo suyo es una militancia cofrade sincera, nacida del corazón y siempre vivida fuera de los focos, dando una imagen ejemplarizante, de seres humanos sencillos, que viven su fe y amistad, en el círculo de sus afines, sin pretender trascendencia pública, de lo que es su inviolable intimidad humana.
La primera noche que escuché a Morente cantar una saeta, era muy avanzada la madrugada del Viernes Santo, y junto a unos amigos, nos habíamos apostado en el paredón que continúa a Los grifos de san José, frente a la Iglesia del campanario mudéjar, en el espacio que los albaycineros siempre hemos llamado, la Placeta de Doña Pura, porque allí estaba el colegio donde muchos de nosotros aprendimos las primeras letras en El Catón. Allí, como un ser cerúleo del otro mundo, en la penumbra de las estrellas apagadas, los lirios encendidos y los cuatro hachones humeantes de amarillenta y mortecina luz, unos aguerridos artilleros, de impecable uniforme caqui y acharoladas botas, horadaban la cuesta aproximándose con el Cristo del Silencio muerto hasta la puerta. En ese instante sobrecogedor, el golpe seco del martillo, paró el paso marcial de los portadores, y en su lugar firmes, el Cristo de La Misericordia y nosotros, escuchamos la saeta más hiriente de la historia, de la que no es ajeno Federico, en las cuerdas vocales de un Morente barbilampiño, que partió en dos el velo de la noche albaycinera, de san Pedro a san José, porque los saeteros están ciegos. Jamás ni vivos ni muertos podrá olvidar esos minutos de gloria, en los que todos soñamos en silencio, que estábamos en el paraíso, donde ahora junto a Él mora eternamente. Mi esperanza en que desde allí, le dicte a alguien cercano- tal vez a ¿una Estrella?- lo que de su arte tenía el maestro pensado ofrecer a La Virgen de su Amargura, el día mismo de su coronación canónica, y que un día desayunando solos en el hotel del Puerto de Cartagena, a la espera de su actuación estelar en La Unión por la tarde, me contó como proyecto de incalculable trascendencia, bajo secreto de amistad, pues en ese momento, como en tantos otros, no hablaban un maestro del cante con un periodista aficionado al arte andaluz, sino dos niños de La Calderería, que tantas cosas han compartido en la Cuesta de San Gregorio.
Hay sitios a los que desde que él no está, no he podido volver. Al Bar Provincias, mi antiguo piso de La Calle Concepción, al salón de Caballeros 24, donde inauguramos las actividades de la Cátedra de Flamencología de la Universidad de Granada, que nos encargó Juan José Ruiz Rico, a El Sota, Los Altramuces y La Esquinita. Todavía no he tenido el valor de enfrentarme a su tumba, y eso que está a dos pasos de mi otro admirado “Frasquito Yerbagüena”, tendré que cogerme del brazo de otro de sus amigos, mi hermano Falo, y en su compañía pasar el mal trago, del dolor intenso de su ausencia. Sé que mientras no vaya a su sepultura, puedo albergar la esperanza de que suene mí teléfono, o de vernos por el barrio a tomar un vino, aunque pasen meses y meses, o en La Alameda de Hércules sevillana, en aquella terraza de tantas madrugadas, riéndonos de las críticas de Manolo Martín, o diciéndole a Jesús Antonio Púlpón, en el Pub América del Loco de La Colina, que no volvería a representarlo. De eso ya están hablando los dos, en El Tablao de La Gloria, que un día monto otro albaycinero... Benítez Carrasco
LA HABANA ES CÁDIZ CON..
LA HABANA ES CÁDIZ CON...
Tito Ortiz.-
Uno entra a la antigua sala de conciertos del centro Artístico, Literario y Científico de Granada, y descubre con asombro que, sus paredes se han convertido en una sucesión cromática de claraboyas, a través de las cuales, se nos muestra La Habana señorial de Carlos Cano, con la ternura colonial desvencijada suficientemente, como para crear belleza de la ruina perentoria. Esa paleta riquísima del color más ultramar, es la herramienta con la que el profesor Jesús Conde, emerge desde el ojo de pez a los adentros del alma, para poner de manifiesto, la exaltación colorista del noble desconchón, que una vez fue aristócrata indiano, y que hoy vive la ramplona nostalgia de una revolución caducada, fuera del tiempo y del espacio.
Ante la obra de Jesús Conde, es inevitable la regresión al fin de año de 1959, cuando la voz celestial de Benny Moré, te dejaba a las puertas del Edén, con la esperanza puesta, en un médico argentino que fumaba puros, que además, fue el primero en descubrir que la revolución había fracasado, el mismo día que triunfó, si el futuro dependía de aquel comandante al que tanto cantaron Carlos Puebla y Los Tradicionales. Hiere certero el pincel de Jesús Conde hasta las entrañas del son cubano, olvidando las figuras y encumbrando las fachadas, jugando con las sombras y desdoblando los multicolores soles, para plasmar La Habana en redondo, a modo de circulares contenedores, que espolean el olfato del expectante, con aromas de ron y melaza, al oído del Bayon de Anna, con las curvas sinuosas de Silvana Mangano, o el libidinoso Danzon, mirando absorto los senos de Anne Marget, que se adivinan bajo un jersey a punto de estallar. Los aros en los que, Conde embute La Habana vieja, la nueva y la de siempre, dejan pasar el tiempo trasnochado con proverbial melancolía, de lo que pudo ser y quedó por el camino, anclado en el callejón sin salida de una mente amurallada por el implacable reloj del tiempo. Pero todavía hay vida en esos cuadros redondos, como la Luna de Santiago, a pesar de que Jesús Conde despojó de tópicos toda su obra, y no recurrió ni al fácil Malecón, ni a la Guaracha santiaguera, se ha centrado en las paredes actuales de color hiriente, nacidas del piano sabio proyectado al infinito de Bebo Valdés. Porque si los muros de puertas y fachadas habaneras, no pueden disimular el error histórico de quienes pretendieron seguir un destino a ninguna parte, el piano de Bebo, nos lleva por fuerza a la esperanza más radical y abierta de éste pueblo hermano, al que desprotegimos en su tiempo, y alguna vez deberíamos defender, hasta de algunos de ellos mismos.
El profesor Jesús Conde, ha colgado en el espacio donde Federico- que visitó ese paraíso del Caribe en 1930- pronunció su conferencia sobre el Cante Hondo, el testimonio de una Habana, en la que como ya dijo Antonio Burgos, por voz de Carlos Cano, todos tenemos un amor, y otro en Andalucía. Verán que tengo mi alma en La Habana, no se me puede olvidar, canto un tango y es una habanera, y ahí Conde ha sabido expresar como un directo al mentón, la deuda que todos tenemos con aquella parte del Caribe, que él ya ha comenzado a resarcir, con ésta obra monográfica y compactada, en la que nos ha devuelto parte de nuestra historia, con la técnica del dibujo más exquisito y el color más expresivo. Una vez más, el realismo diluido de Conde, se ha puesto al servicio de un histórico paisaje urbano, que necesitamos para saber de dónde venimos, que fue lo que hicimos, y nos necesita para salir al exterior de un mundo, que a ellos ya les coge con retraso. Hasta el diminuto y deformado, Dámaso Pérez Prado, el genio musical nacido en Matanzas, supo dar sentido a su vida y obra, aunque para ello tuviera que arrancarse el corazón cubano, y trasplantarse en azteca. Pero en esto llegó Jesús, y con sus pinceles, como hiciera Henri de Toulouse-Lautrec en el Molino Rojo de Paris, o el mismísimo Antonio López en La Gran Vía madrileña, ha dado lo mejor de sí mismo y lo ha trasplantado a sus cuadros, que en éste caso concreto son redondos, y como si de un álbum de la historia se tratara, nos ha colgado en la Acera del Casino, un trozo de la conciencia nuestra, a modo de puertas blasonadas, de imperios que ya solo son de los sentidos, donde los amos y esclavos se confunden en el claroscuro de las sombras, y la luz reclama nuestra atención, a modo de encendidas alarmas, con melodías de guaguancó.
Abrid los ojos criaturas de Granada, pues La Habana posa aún en la antigua Manigua desplazada, en versión de Conde Ayala extasiada, para disfrute de los elegidos, solo apta para paladares finos, que huyan de lo rudo y abrupto, sabiendo sacar lo mejor de unas pinceladas doctas, al servicio pictórico de la capital cubana, a modo de aquellos viajeros románticos, o artistas como nuestro paisano inolvidable, Mariano Bertuchi, que tanto hizo porque conociéramos las tierras donde habíamos estado, estábamos y estaremos, porque la historia es eterna, igual que nuestra responsabilidad colonizadora. El verbo se hizo óleo, y Jesús Conde, vuelve a reinar entre nosotros.
Tito Ortiz.-
Uno entra a la antigua sala de conciertos del centro Artístico, Literario y Científico de Granada, y descubre con asombro que, sus paredes se han convertido en una sucesión cromática de claraboyas, a través de las cuales, se nos muestra La Habana señorial de Carlos Cano, con la ternura colonial desvencijada suficientemente, como para crear belleza de la ruina perentoria. Esa paleta riquísima del color más ultramar, es la herramienta con la que el profesor Jesús Conde, emerge desde el ojo de pez a los adentros del alma, para poner de manifiesto, la exaltación colorista del noble desconchón, que una vez fue aristócrata indiano, y que hoy vive la ramplona nostalgia de una revolución caducada, fuera del tiempo y del espacio.
Ante la obra de Jesús Conde, es inevitable la regresión al fin de año de 1959, cuando la voz celestial de Benny Moré, te dejaba a las puertas del Edén, con la esperanza puesta, en un médico argentino que fumaba puros, que además, fue el primero en descubrir que la revolución había fracasado, el mismo día que triunfó, si el futuro dependía de aquel comandante al que tanto cantaron Carlos Puebla y Los Tradicionales. Hiere certero el pincel de Jesús Conde hasta las entrañas del son cubano, olvidando las figuras y encumbrando las fachadas, jugando con las sombras y desdoblando los multicolores soles, para plasmar La Habana en redondo, a modo de circulares contenedores, que espolean el olfato del expectante, con aromas de ron y melaza, al oído del Bayon de Anna, con las curvas sinuosas de Silvana Mangano, o el libidinoso Danzon, mirando absorto los senos de Anne Marget, que se adivinan bajo un jersey a punto de estallar. Los aros en los que, Conde embute La Habana vieja, la nueva y la de siempre, dejan pasar el tiempo trasnochado con proverbial melancolía, de lo que pudo ser y quedó por el camino, anclado en el callejón sin salida de una mente amurallada por el implacable reloj del tiempo. Pero todavía hay vida en esos cuadros redondos, como la Luna de Santiago, a pesar de que Jesús Conde despojó de tópicos toda su obra, y no recurrió ni al fácil Malecón, ni a la Guaracha santiaguera, se ha centrado en las paredes actuales de color hiriente, nacidas del piano sabio proyectado al infinito de Bebo Valdés. Porque si los muros de puertas y fachadas habaneras, no pueden disimular el error histórico de quienes pretendieron seguir un destino a ninguna parte, el piano de Bebo, nos lleva por fuerza a la esperanza más radical y abierta de éste pueblo hermano, al que desprotegimos en su tiempo, y alguna vez deberíamos defender, hasta de algunos de ellos mismos.
El profesor Jesús Conde, ha colgado en el espacio donde Federico- que visitó ese paraíso del Caribe en 1930- pronunció su conferencia sobre el Cante Hondo, el testimonio de una Habana, en la que como ya dijo Antonio Burgos, por voz de Carlos Cano, todos tenemos un amor, y otro en Andalucía. Verán que tengo mi alma en La Habana, no se me puede olvidar, canto un tango y es una habanera, y ahí Conde ha sabido expresar como un directo al mentón, la deuda que todos tenemos con aquella parte del Caribe, que él ya ha comenzado a resarcir, con ésta obra monográfica y compactada, en la que nos ha devuelto parte de nuestra historia, con la técnica del dibujo más exquisito y el color más expresivo. Una vez más, el realismo diluido de Conde, se ha puesto al servicio de un histórico paisaje urbano, que necesitamos para saber de dónde venimos, que fue lo que hicimos, y nos necesita para salir al exterior de un mundo, que a ellos ya les coge con retraso. Hasta el diminuto y deformado, Dámaso Pérez Prado, el genio musical nacido en Matanzas, supo dar sentido a su vida y obra, aunque para ello tuviera que arrancarse el corazón cubano, y trasplantarse en azteca. Pero en esto llegó Jesús, y con sus pinceles, como hiciera Henri de Toulouse-Lautrec en el Molino Rojo de Paris, o el mismísimo Antonio López en La Gran Vía madrileña, ha dado lo mejor de sí mismo y lo ha trasplantado a sus cuadros, que en éste caso concreto son redondos, y como si de un álbum de la historia se tratara, nos ha colgado en la Acera del Casino, un trozo de la conciencia nuestra, a modo de puertas blasonadas, de imperios que ya solo son de los sentidos, donde los amos y esclavos se confunden en el claroscuro de las sombras, y la luz reclama nuestra atención, a modo de encendidas alarmas, con melodías de guaguancó.
Abrid los ojos criaturas de Granada, pues La Habana posa aún en la antigua Manigua desplazada, en versión de Conde Ayala extasiada, para disfrute de los elegidos, solo apta para paladares finos, que huyan de lo rudo y abrupto, sabiendo sacar lo mejor de unas pinceladas doctas, al servicio pictórico de la capital cubana, a modo de aquellos viajeros románticos, o artistas como nuestro paisano inolvidable, Mariano Bertuchi, que tanto hizo porque conociéramos las tierras donde habíamos estado, estábamos y estaremos, porque la historia es eterna, igual que nuestra responsabilidad colonizadora. El verbo se hizo óleo, y Jesús Conde, vuelve a reinar entre nosotros.
martes, 2 de noviembre de 2010
LAMENTO NO EXISTIR
LAMENTO NO EXISTIR
Tito Ortiz.-
Que no es que no lo agradezca, que sí, pero que eso no va conmigo. Me halaga recibir diariamente, unos días con otros, media docena de invitaciones para estar en “Faceboot”, pero es que me parece ya el colmo. Trabajo una media de ocho a diez horas delante de un ordenador, y me cuesta entender como personas en mis circunstancias, son capaces de llegar a casa, y pasarse otras tres o cuatro, contando sus miserias en una mal llamada red social, donde todo el mundo cuelga su intimidad, sus tristezas y alegrías, hasta el punto, que dicen los modernos, que si no estás en una de éstas plataformas no existes, pues lamento no existir, pero con mi negativa a formar parte de la mayoría, creo que intento preservar otro tipo de comunicación humana, que ha dado grandes beneficios a la historia a través de los siglos.
A éste paso, voy a tener que creerme, que sólo el poeta y escritor Antonio Enrique y yo, mantenemos al día de hoy la sana y artística costumbre, de hablar con los amigos por escrito, con pluma estilográfica, papel con membrete, sobre y sello correspondiente de correos, sobre todo ahora que ya no hay que pasar la lengua para pegarlos, pues vienen modernísimamente adhesivos, cual pegatina de la época. Me niego a romper con mi novia por “Email”, citarme para cenar por “SMS”, o mostrar las fotos del tendedero de mi vecina en el ojo de patio comunitario, enseñando sus cazcarrias a los cuatro vientos mundanos de “Flickr”. Vientos cada vez más desvergonzados, soeces, primitivos e ineducados, pues para saber como viene el futuro de la educación y la cultura españolas, no hay más que ver durante unos minutos, - pocos para evitar el vómito -, unas secuencias de “Sálvame”, o “Gran Hermano”. Por esto, porque me gusta hablar mirando a la cara, y no por una diminuta “Wewscam”, porque a base de encerrarnos en el cuarto con el portátil y los cascos puestos, terminaremos convirtiéndonos en asociales, a pesar de que estemos en las redes sociales, y porque con el comprimido lenguaje de las nuevas tecnologías, estamos empobreciendo el idioma más hermoso del mundo, me niego a participar en éste circo del “Tuenti” y pido a voces no ser más invitado, por muy amigo que me consideren, entre otras cosas, porque nunca hemos comido en el mismo plato juntos, y si yo no invito a nadie, no se porque tienen que invitarme a mí.
Que la utilización de las redes sociales es asunto que atrae, a un porcentaje preocupante de desequilibrados, lo aseveran hechos como el que los asesinos en serie, cuelguen sus proclamas en ellas en un alarde de exhibicionismo, profetizando su inmolación al instante. Que exista un delito moderno de pederastia, con todo alarde gráfico del abuso a menores, o que se enseñe como fabricar una bomba, para que sea el último día que al vecino se le ocurre, no dar los buenos días en el ascensor. Toda ésta información y otra mucho peor, está en las “imprescindibles para el ser humano moderno”, redes sociales de Internet. Y no es que antes no existiera ésta información, sino que encontrarla en soporte papel era tan arduo y laborioso, que con el tiempo que se tardaba en encontrarla, a veces con suerte, el delincuente había fallecido de viejo.
Hoy que todo va a velocidad de vértigo, el personal cae en la contradicción más enorme jamás contada. La de formar parte de un gran colectivo social “enredado”, pero sin salir de casa, atrincherado en el cuarto de estar en bata y zapatillas, sino desde la cama, que me parece que es, el síntoma más alarmante del cibernáuta, perdido para la sociedad, la de sentirse parte de un colectivo que se cuenta por miles, actuando en la más absoluta soledad, pero eso sí, en la plataforma del actualísimo, “Twitter”, o del “You Tube”. No tenemos bastante con que el correo electrónico, haya mutilado nuestra capacidad de comunicarnos, o que “chateemos” hasta el amanecer, cuando yo creía hasta ahora, que “chatear” con los amigos, era saborear un buen Ribera del Duero Tinto. Es muy triste hablar o escribir por una máquina portátil, para sentirse parte de una gran sociedad cibernautadependiente. Es una incongruencia de tal calibre, que ya me asusta la última moda. Estamos acabando con la conversación habitual e interesante de la dependienta, a base de comprar desde casa onlaine, lo tienes todo, de marca y de marca blanca, y así no te dan en los tobillos con el carrito, por los pasillos del Mercadona. El ordenador te permite comprarte el chaquetón a la moda, pero sin soportar a tu cuñada, que siempre se empeña en acompañarte, ni al dependiente solícito, que hace que te pruebes el ciento y la madre, aunque tu tienes claro y a la primera, lo que te gusta. Lo último en ordenadores es la pantalla táctil. Un acierto del fabricante, porque a la protección ocular de serie, se le añade toda la pringue de tus dedos, de estar comiendo lomo en orza, y eligiendo el viaje que harás éste verano en vuelo barato, con una compañía que agradecida por comprar el billete por Internet, te obsequiará con una espera de tres días, tirado en el suelo de una terminal cualquiera, gracias a la compra onlaine. Ya sabes paisa... barato, barato, y ni agua que llevarte a la boca, pero eso sí, chateando mientras, con la gente que hace tres días debería disfrutar de tu presencia en el lugar elegido de vacaciones. Pero que más da... donde se ponga una buena pantalla, y un buen ancho de banda...
Tito Ortiz.-
Que no es que no lo agradezca, que sí, pero que eso no va conmigo. Me halaga recibir diariamente, unos días con otros, media docena de invitaciones para estar en “Faceboot”, pero es que me parece ya el colmo. Trabajo una media de ocho a diez horas delante de un ordenador, y me cuesta entender como personas en mis circunstancias, son capaces de llegar a casa, y pasarse otras tres o cuatro, contando sus miserias en una mal llamada red social, donde todo el mundo cuelga su intimidad, sus tristezas y alegrías, hasta el punto, que dicen los modernos, que si no estás en una de éstas plataformas no existes, pues lamento no existir, pero con mi negativa a formar parte de la mayoría, creo que intento preservar otro tipo de comunicación humana, que ha dado grandes beneficios a la historia a través de los siglos.
A éste paso, voy a tener que creerme, que sólo el poeta y escritor Antonio Enrique y yo, mantenemos al día de hoy la sana y artística costumbre, de hablar con los amigos por escrito, con pluma estilográfica, papel con membrete, sobre y sello correspondiente de correos, sobre todo ahora que ya no hay que pasar la lengua para pegarlos, pues vienen modernísimamente adhesivos, cual pegatina de la época. Me niego a romper con mi novia por “Email”, citarme para cenar por “SMS”, o mostrar las fotos del tendedero de mi vecina en el ojo de patio comunitario, enseñando sus cazcarrias a los cuatro vientos mundanos de “Flickr”. Vientos cada vez más desvergonzados, soeces, primitivos e ineducados, pues para saber como viene el futuro de la educación y la cultura españolas, no hay más que ver durante unos minutos, - pocos para evitar el vómito -, unas secuencias de “Sálvame”, o “Gran Hermano”. Por esto, porque me gusta hablar mirando a la cara, y no por una diminuta “Wewscam”, porque a base de encerrarnos en el cuarto con el portátil y los cascos puestos, terminaremos convirtiéndonos en asociales, a pesar de que estemos en las redes sociales, y porque con el comprimido lenguaje de las nuevas tecnologías, estamos empobreciendo el idioma más hermoso del mundo, me niego a participar en éste circo del “Tuenti” y pido a voces no ser más invitado, por muy amigo que me consideren, entre otras cosas, porque nunca hemos comido en el mismo plato juntos, y si yo no invito a nadie, no se porque tienen que invitarme a mí.
Que la utilización de las redes sociales es asunto que atrae, a un porcentaje preocupante de desequilibrados, lo aseveran hechos como el que los asesinos en serie, cuelguen sus proclamas en ellas en un alarde de exhibicionismo, profetizando su inmolación al instante. Que exista un delito moderno de pederastia, con todo alarde gráfico del abuso a menores, o que se enseñe como fabricar una bomba, para que sea el último día que al vecino se le ocurre, no dar los buenos días en el ascensor. Toda ésta información y otra mucho peor, está en las “imprescindibles para el ser humano moderno”, redes sociales de Internet. Y no es que antes no existiera ésta información, sino que encontrarla en soporte papel era tan arduo y laborioso, que con el tiempo que se tardaba en encontrarla, a veces con suerte, el delincuente había fallecido de viejo.
Hoy que todo va a velocidad de vértigo, el personal cae en la contradicción más enorme jamás contada. La de formar parte de un gran colectivo social “enredado”, pero sin salir de casa, atrincherado en el cuarto de estar en bata y zapatillas, sino desde la cama, que me parece que es, el síntoma más alarmante del cibernáuta, perdido para la sociedad, la de sentirse parte de un colectivo que se cuenta por miles, actuando en la más absoluta soledad, pero eso sí, en la plataforma del actualísimo, “Twitter”, o del “You Tube”. No tenemos bastante con que el correo electrónico, haya mutilado nuestra capacidad de comunicarnos, o que “chateemos” hasta el amanecer, cuando yo creía hasta ahora, que “chatear” con los amigos, era saborear un buen Ribera del Duero Tinto. Es muy triste hablar o escribir por una máquina portátil, para sentirse parte de una gran sociedad cibernautadependiente. Es una incongruencia de tal calibre, que ya me asusta la última moda. Estamos acabando con la conversación habitual e interesante de la dependienta, a base de comprar desde casa onlaine, lo tienes todo, de marca y de marca blanca, y así no te dan en los tobillos con el carrito, por los pasillos del Mercadona. El ordenador te permite comprarte el chaquetón a la moda, pero sin soportar a tu cuñada, que siempre se empeña en acompañarte, ni al dependiente solícito, que hace que te pruebes el ciento y la madre, aunque tu tienes claro y a la primera, lo que te gusta. Lo último en ordenadores es la pantalla táctil. Un acierto del fabricante, porque a la protección ocular de serie, se le añade toda la pringue de tus dedos, de estar comiendo lomo en orza, y eligiendo el viaje que harás éste verano en vuelo barato, con una compañía que agradecida por comprar el billete por Internet, te obsequiará con una espera de tres días, tirado en el suelo de una terminal cualquiera, gracias a la compra onlaine. Ya sabes paisa... barato, barato, y ni agua que llevarte a la boca, pero eso sí, chateando mientras, con la gente que hace tres días debería disfrutar de tu presencia en el lugar elegido de vacaciones. Pero que más da... donde se ponga una buena pantalla, y un buen ancho de banda...
CARGADORES
CARGADORES
Tito Ortiz.-
La tecnología nos ha facilitado mucho la vida, pero a la vez, nos la ha complicado sin justificación alguna. Seguramente, muchos de nosotros no concebimos ya el mundo sin un teléfono móvil, algo relativamente moderno, pero que se ha incrustado tanto en nuestras vidas, que parece que nació con el hombre de Cromañón. Tampoco nos imaginamos la vida sin ordenador, y no hace tanto que dependíamos de una máquina de escribir para comunicarnos por correo, y no por Email. Abundando en esto, recuerdo como las multinacionales, se encargaron de esquilmar nuestros bolsillos con la aparición del vídeo doméstico. Primero fue el Betacam, después el 2000, después su prima la pelos, y hasta que unificaron al VHS, hubo casas en las que se almacenaban los reproductores, con soportes incompatibles entre si, con la facilidad con la que un esnof cambia de cocktail. Con la televisión en color ya nos hicieron algo parecido, que si sistema PAL, que si sistema SECAM, que si su primo el berzas, total, que aquí estamos los consumidores para aguantar el chaparron y gastarnos los cuartos, mientras ellos se ponen de acuerdo en unificar el mercado con un solo sistema para todos. Algo que va de “Bar en peor”, como diría el compañero Paco Espínola.
Sin prisa, pero sin pausa, existe un pequeño artilugio, que ha ido conquistando sitio en nuestras casas, incluso en nuestros coches. Se trata del cargador del móvil. Sí, ese imprescindible electrodoméstico, con apenas un metro y pico de cable y dos patillas metálicas, que debemos meter en el enchufe periódicamente, si queremos estar en el mundo y en contacto con los mundanos. En familia de cuatro elementos como la mía –al perro se lo echaremos para los reyes – de momento sólo tenemos cuatro teléfonos móviles, que por deferencia del fabricante, ninguno comparte cargador, con lo cual, poseemos cuatro cargadores distintos, necesarios e imprescindibles, a los que se unen otros cuatro compatibles con el encendedor del coche, así que sólo de móviles ya tenemos ocho cargadores. A estos hay que sumarles otros tres de los ordenadores portátiles, que curiosamente – válgame dios – tampoco son compatibles entre si, así que van once cargadores, más uno del cepillo de los dientes, una docena. Más otro de la maquinilla de afeitar, por cada varón de la familia, (3) hacen un total de quince cargadores distintos e imprescindibles. Le sumamos el del teléfono sin cable de sobremesa (16), más cinco del ordenador fijo (21), y uno del televisor enano de la cocina, veintidós. Y otro de la máquina de fotos, hacen veintitrés, más la de vídeo, (24). A éstas alturas, creo sinceramente que mi casa ha sido tomada al asalto, por la barbarie multinacional, que caprichosa y vengativa, se resiste a unificar modelos de cargadores, de tal modo, que tuviéramos uno compatible con todo, y ganáramos espacio en nuestras casas, porque hay quién como yo, ya tiene dos cajones de la cómoda, repletos de cargadores necesarios para seguir viviendo, pues gracias a los fabricantes, ya no puedo seguir viviendo sin ellos, algo que nunca sospeché que me ocurriría, a no ser que alguien entrara a mi cuarto y se llevara mí póster de Ann Margret, conocedor de que con ésta sencilla acción, estaría poniendo en juego su vida y la de su consola, Playstation, que por cierto también tenemos en casa y por eso ya van, (25) cargadores de nada.
Que clase de enemigo del hombre, es capaz de convertir el hogar familiar en un almacén de cargadores distintos, y lo que es peor, quién confunde nuestras mentes, para olvidar que artefacto corresponde a su artilugio, de tal guisa, que cuando vas al cajón y comienzas a buscar el que necesitas, siempre está el último. Es como abrir una caja de medicinas, siempre lo hacemos por donde está el prospecto. Y ese enredo de cables entrelazados, como si un fantasma se dedicara por la noche a enredarlos entre si, de tal forma, que cuando tiras de un cargador, haces más fuerte el nudo, y... hala, a desenmarañar el embrollo con paciencia mientras juras en arameo. Digo y mantengo, ante dios y ante los hombres, que esto de los cargadores individuales y distintos, para cada aparato que convive actualmente con nosotros, es un invento del maligno, para hacer aumentar las subidas de tensión, infartos, arrebatos de violencia y suicidios en general, de forma que vayamos quedando menos, pues con esto de la crisis permanente, no hay gobierno que resista, ni primarias que no disgreguen a los que hasta entonces, creíamos que eran nuestros compañeros. Es aquí y ahora donde toma cuerpo más que nunca, la frase lapidaria de Luís Cerón... “Compadre, yo ya no sé si soy uno de los nuestros”... ¡ Dios mío, no encuentro el cargador de mi marcapasos!.
Tito Ortiz.-
La tecnología nos ha facilitado mucho la vida, pero a la vez, nos la ha complicado sin justificación alguna. Seguramente, muchos de nosotros no concebimos ya el mundo sin un teléfono móvil, algo relativamente moderno, pero que se ha incrustado tanto en nuestras vidas, que parece que nació con el hombre de Cromañón. Tampoco nos imaginamos la vida sin ordenador, y no hace tanto que dependíamos de una máquina de escribir para comunicarnos por correo, y no por Email. Abundando en esto, recuerdo como las multinacionales, se encargaron de esquilmar nuestros bolsillos con la aparición del vídeo doméstico. Primero fue el Betacam, después el 2000, después su prima la pelos, y hasta que unificaron al VHS, hubo casas en las que se almacenaban los reproductores, con soportes incompatibles entre si, con la facilidad con la que un esnof cambia de cocktail. Con la televisión en color ya nos hicieron algo parecido, que si sistema PAL, que si sistema SECAM, que si su primo el berzas, total, que aquí estamos los consumidores para aguantar el chaparron y gastarnos los cuartos, mientras ellos se ponen de acuerdo en unificar el mercado con un solo sistema para todos. Algo que va de “Bar en peor”, como diría el compañero Paco Espínola.
Sin prisa, pero sin pausa, existe un pequeño artilugio, que ha ido conquistando sitio en nuestras casas, incluso en nuestros coches. Se trata del cargador del móvil. Sí, ese imprescindible electrodoméstico, con apenas un metro y pico de cable y dos patillas metálicas, que debemos meter en el enchufe periódicamente, si queremos estar en el mundo y en contacto con los mundanos. En familia de cuatro elementos como la mía –al perro se lo echaremos para los reyes – de momento sólo tenemos cuatro teléfonos móviles, que por deferencia del fabricante, ninguno comparte cargador, con lo cual, poseemos cuatro cargadores distintos, necesarios e imprescindibles, a los que se unen otros cuatro compatibles con el encendedor del coche, así que sólo de móviles ya tenemos ocho cargadores. A estos hay que sumarles otros tres de los ordenadores portátiles, que curiosamente – válgame dios – tampoco son compatibles entre si, así que van once cargadores, más uno del cepillo de los dientes, una docena. Más otro de la maquinilla de afeitar, por cada varón de la familia, (3) hacen un total de quince cargadores distintos e imprescindibles. Le sumamos el del teléfono sin cable de sobremesa (16), más cinco del ordenador fijo (21), y uno del televisor enano de la cocina, veintidós. Y otro de la máquina de fotos, hacen veintitrés, más la de vídeo, (24). A éstas alturas, creo sinceramente que mi casa ha sido tomada al asalto, por la barbarie multinacional, que caprichosa y vengativa, se resiste a unificar modelos de cargadores, de tal modo, que tuviéramos uno compatible con todo, y ganáramos espacio en nuestras casas, porque hay quién como yo, ya tiene dos cajones de la cómoda, repletos de cargadores necesarios para seguir viviendo, pues gracias a los fabricantes, ya no puedo seguir viviendo sin ellos, algo que nunca sospeché que me ocurriría, a no ser que alguien entrara a mi cuarto y se llevara mí póster de Ann Margret, conocedor de que con ésta sencilla acción, estaría poniendo en juego su vida y la de su consola, Playstation, que por cierto también tenemos en casa y por eso ya van, (25) cargadores de nada.
Que clase de enemigo del hombre, es capaz de convertir el hogar familiar en un almacén de cargadores distintos, y lo que es peor, quién confunde nuestras mentes, para olvidar que artefacto corresponde a su artilugio, de tal guisa, que cuando vas al cajón y comienzas a buscar el que necesitas, siempre está el último. Es como abrir una caja de medicinas, siempre lo hacemos por donde está el prospecto. Y ese enredo de cables entrelazados, como si un fantasma se dedicara por la noche a enredarlos entre si, de tal forma, que cuando tiras de un cargador, haces más fuerte el nudo, y... hala, a desenmarañar el embrollo con paciencia mientras juras en arameo. Digo y mantengo, ante dios y ante los hombres, que esto de los cargadores individuales y distintos, para cada aparato que convive actualmente con nosotros, es un invento del maligno, para hacer aumentar las subidas de tensión, infartos, arrebatos de violencia y suicidios en general, de forma que vayamos quedando menos, pues con esto de la crisis permanente, no hay gobierno que resista, ni primarias que no disgreguen a los que hasta entonces, creíamos que eran nuestros compañeros. Es aquí y ahora donde toma cuerpo más que nunca, la frase lapidaria de Luís Cerón... “Compadre, yo ya no sé si soy uno de los nuestros”... ¡ Dios mío, no encuentro el cargador de mi marcapasos!.
lunes, 27 de septiembre de 2010
Los que tocan el piano
LOS QUE TOCAN EL PIANO
Tito Ortiz.-
La culpa de todo la tuvo Juan Antonio Ibáñez, que nada más nacer la década de los ochenta, me nombró director presentador del informativo regional andaluz de la cadena COPE. El primer informativo autonómico que existió en España, y que él, desde Jaén, había puesto en marcha, soportando todos los recelos de los gobernadores civiles de la época. Luego otras cadenas se apuntaron al carro, pero el primero fue él y la cadena de los curas, que entonces era la de la oposición, la de los jesuitas rojos contra el régimen de Franco. De hecho, jugándose los bigotes, el entonces director de Radio Popular en Granada, Pedro José Montero, llevaba tiempo cerrando las emisiones por la noche, no con el himno nacional como hacían las otras, sino, con una versión del himno de Andalucía, que le obligó en alguna ocasión, a dar explicaciones a la vieja guardia, aunque el cordobés Montero, no cejó en su empeño, y nosotros lo arropábamos como no podía ser de otra manera. Mientras las otras dos emisoras de Granada se plegaban a los postulados políticamente correctos, nosotros, desde Gran Vía 28, nos convertimos gracias a nuestro director, en la avanzadilla de lo que después sería una emisión libre y democrática, y no sólo por los informativos, sino por los programas dedicados al movimiento vecinal, al municipalismo, y lo que Juan de Loxa se sacaba de la chistera misteriosa y lebertaria, como “Manifiesto Canción del Sur”, o el Premio Ondas, “Poesía 70”, dos fenómenos radiofónicos pioneros en su género, que después serían copiados por otros, como por ejemplo, Radio 3, de Radio Nacional de España. Pero al César, lo que es suyo. La revolución informativa y cultural de la radio española, comenzó en Granada, y eso algún día lo recogerán las enciclopedias, aunque espero que sus protagonistas estén vivos todavía, y no se les homenajee, a título póstumo, algo tan nuestro, por otra parte.
Pues avanzados aquellos meses tan ilusionantes, en los que la democracia daba sus primeros pasos, y después de que Tejero nos hubiera tenido toda una noche en vela, un día me llamó Ramón Burgos y me dijo: ¿A que no sabes, que es lo primero que ha metido Leopoldo Calvo Sotelo, en su nueva residencia de la Presidencia del Gobierno?¡ Un piano!. En principio, no daba crédito a lo que me decía mi compañero, amigo y maestro, pero constatada la noticia, mi esperanza en el ser humano presidente de gobierno se fue acrecentando. Un hombre que toca el piano, es persona en quién confiar, eso lo tengo por cierto. Y además, a Leopoldo lo seguíamos de cerca en Granada, porque cuando menos te lo esperabas, y de incógnito, se venía a escuchar misa de doce a la basílica de san Juan de Dios. Que más de un domingo, el bueno de Burgos Ledesma, tocaba arrebato, y nos llamaba al grito de… compañeros, el presidente está aquí de nuevo.
Yo recordaba tocando un gran cola, a Jaime de Mora y Aragón, en aquella televisión única en blanco y negro, y mientras interpretaba a Chopín, iba adivinando el perfume que en las muñecas portaban una bellas señoritas, revestidas para la ocasión, con cacanes y tacones de punta fina, tocadas de largos guantes estilo Gilda. Pero que todo un Presidente de Gobierno democrático, tocara el piano en el Madrid de la movida de Tierno Galván, eso era para ilusionar a cualquiera. Después vino el ministro Narcís Serra, que no habiendo hecho la mili, fue ministro de Defensa, y eso le valió toda suerte de chistes, de la derechona militante, que no le había perdonado todavía, ser el primer alcalde democrático de Barcelona, tras la muerte del dictador. Pero además, tocaba el piano. Mientras Felipe jugaba al billar con José Luís Coll, en la bodeguilla, Narcís interpretaba con gran destreza a Roberto Fernando Albert Shumann, y además, ponía los espartos para modernizar nuestras fuerzas armadas, y limpiarlas de golpistas hasta hacer desaparecer el ruido de sables, que era otra clase de la música, a fin de cuentas música, pero más desagradable.
José Luís, comparte alcoba con una señora corista, en el mejor sentido de la palabra, y eso le hace estar también muy cerca del piano, o sea, de la música, que a fin de cuentas, eso es lo que cuenta. Aunque a veces, parece escuchar sólo música celestial, sin dar pábulo al canto de sirenas. Es cierto que le ha tocado gobernar durante “La Tempestad” de Shakespeare, pero reaccionar dos minutos antes de los acontecimientos, y bajar a la arena con más frecuencia, de forma que el pálpito de la ciudadanía no te lo den con el desayuno cada mañana, una cohorte de asesores, sino que lo tengas tu de primera mano, eso, ayuda a gobernar un país, más de lo que él sospecha. Si un presidente deja de tener ese contacto directo con la sociedad para la que gobierna, podemos asegurar que ha llegado el momento de llamar al camión de las mudanzas. No podemos confiar siempre, que con cada llamada a las urnas, cuarenta y ocho horas antes, tengamos un Aznar de turno, se equivoque siempre, en materia tan delicada como la seguridad del Estado. La virgen no se aparece siempre cada cuatro años, y si lo hiciera, deberíamos pensar que es muy posible que un mal día llegue tarde, sobre todo, si viene en el metro de granada, o por la autovía del Mediterráneo, a su paso por nuestra provincia.
Tito Ortiz.-
La culpa de todo la tuvo Juan Antonio Ibáñez, que nada más nacer la década de los ochenta, me nombró director presentador del informativo regional andaluz de la cadena COPE. El primer informativo autonómico que existió en España, y que él, desde Jaén, había puesto en marcha, soportando todos los recelos de los gobernadores civiles de la época. Luego otras cadenas se apuntaron al carro, pero el primero fue él y la cadena de los curas, que entonces era la de la oposición, la de los jesuitas rojos contra el régimen de Franco. De hecho, jugándose los bigotes, el entonces director de Radio Popular en Granada, Pedro José Montero, llevaba tiempo cerrando las emisiones por la noche, no con el himno nacional como hacían las otras, sino, con una versión del himno de Andalucía, que le obligó en alguna ocasión, a dar explicaciones a la vieja guardia, aunque el cordobés Montero, no cejó en su empeño, y nosotros lo arropábamos como no podía ser de otra manera. Mientras las otras dos emisoras de Granada se plegaban a los postulados políticamente correctos, nosotros, desde Gran Vía 28, nos convertimos gracias a nuestro director, en la avanzadilla de lo que después sería una emisión libre y democrática, y no sólo por los informativos, sino por los programas dedicados al movimiento vecinal, al municipalismo, y lo que Juan de Loxa se sacaba de la chistera misteriosa y lebertaria, como “Manifiesto Canción del Sur”, o el Premio Ondas, “Poesía 70”, dos fenómenos radiofónicos pioneros en su género, que después serían copiados por otros, como por ejemplo, Radio 3, de Radio Nacional de España. Pero al César, lo que es suyo. La revolución informativa y cultural de la radio española, comenzó en Granada, y eso algún día lo recogerán las enciclopedias, aunque espero que sus protagonistas estén vivos todavía, y no se les homenajee, a título póstumo, algo tan nuestro, por otra parte.
Pues avanzados aquellos meses tan ilusionantes, en los que la democracia daba sus primeros pasos, y después de que Tejero nos hubiera tenido toda una noche en vela, un día me llamó Ramón Burgos y me dijo: ¿A que no sabes, que es lo primero que ha metido Leopoldo Calvo Sotelo, en su nueva residencia de la Presidencia del Gobierno?¡ Un piano!. En principio, no daba crédito a lo que me decía mi compañero, amigo y maestro, pero constatada la noticia, mi esperanza en el ser humano presidente de gobierno se fue acrecentando. Un hombre que toca el piano, es persona en quién confiar, eso lo tengo por cierto. Y además, a Leopoldo lo seguíamos de cerca en Granada, porque cuando menos te lo esperabas, y de incógnito, se venía a escuchar misa de doce a la basílica de san Juan de Dios. Que más de un domingo, el bueno de Burgos Ledesma, tocaba arrebato, y nos llamaba al grito de… compañeros, el presidente está aquí de nuevo.
Yo recordaba tocando un gran cola, a Jaime de Mora y Aragón, en aquella televisión única en blanco y negro, y mientras interpretaba a Chopín, iba adivinando el perfume que en las muñecas portaban una bellas señoritas, revestidas para la ocasión, con cacanes y tacones de punta fina, tocadas de largos guantes estilo Gilda. Pero que todo un Presidente de Gobierno democrático, tocara el piano en el Madrid de la movida de Tierno Galván, eso era para ilusionar a cualquiera. Después vino el ministro Narcís Serra, que no habiendo hecho la mili, fue ministro de Defensa, y eso le valió toda suerte de chistes, de la derechona militante, que no le había perdonado todavía, ser el primer alcalde democrático de Barcelona, tras la muerte del dictador. Pero además, tocaba el piano. Mientras Felipe jugaba al billar con José Luís Coll, en la bodeguilla, Narcís interpretaba con gran destreza a Roberto Fernando Albert Shumann, y además, ponía los espartos para modernizar nuestras fuerzas armadas, y limpiarlas de golpistas hasta hacer desaparecer el ruido de sables, que era otra clase de la música, a fin de cuentas música, pero más desagradable.
José Luís, comparte alcoba con una señora corista, en el mejor sentido de la palabra, y eso le hace estar también muy cerca del piano, o sea, de la música, que a fin de cuentas, eso es lo que cuenta. Aunque a veces, parece escuchar sólo música celestial, sin dar pábulo al canto de sirenas. Es cierto que le ha tocado gobernar durante “La Tempestad” de Shakespeare, pero reaccionar dos minutos antes de los acontecimientos, y bajar a la arena con más frecuencia, de forma que el pálpito de la ciudadanía no te lo den con el desayuno cada mañana, una cohorte de asesores, sino que lo tengas tu de primera mano, eso, ayuda a gobernar un país, más de lo que él sospecha. Si un presidente deja de tener ese contacto directo con la sociedad para la que gobierna, podemos asegurar que ha llegado el momento de llamar al camión de las mudanzas. No podemos confiar siempre, que con cada llamada a las urnas, cuarenta y ocho horas antes, tengamos un Aznar de turno, se equivoque siempre, en materia tan delicada como la seguridad del Estado. La virgen no se aparece siempre cada cuatro años, y si lo hiciera, deberíamos pensar que es muy posible que un mal día llegue tarde, sobre todo, si viene en el metro de granada, o por la autovía del Mediterráneo, a su paso por nuestra provincia.
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